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"Sean
pastores..
no burócratas"
Los
25 años de Karol Wojtyla, como Juan
Pablo II
La
elección de Karol Wojtyla para ocupar el sitial de San
Pedro, constituyo un desafío extraordinario, no sólo
porque se elegía por primera vez, después de más de
cuatro siglos a un Papa “extranjero del Vaticano”, un
Papa no italiano, sino también porque su trayectoria lo
mostraba como un hombre completamente ajeno a la exigente
estructura política, diplomática y administrativa del
Vaticano. A estas alturas hay sobradas razones para afirmar
que el purpurado polaco hizo honor a ese desafío, los
aciertos de su pontificado están fuera de toda discusión.
Vista desde la perspectiva que brinda el cuarto de siglo
transcurrido, la Figura de Juan Pablo II cobra una dimensión
histórica que no puede ser desconocida. La robusta
personalidad de este infatigable propagador de la fe, que
llevó personalmente el mensaje de Cristo a todos los
continentes y lideró en toda hora la causa de la paz y del
reconocimiento de la dignidad humana, se recorta con luz
propia en el escenario, cambiante y muchas veces turbulento
de los últimos 25 años. Cuando ascendió a la silla
pontificia, en 1978, era para algunos un desconocido, para
otros un obispo que cumplía una intensa tarea pastoral en
su Polonia natal, cargaba con el peso de las angustias de
una Europa oriental sometida a los designios de un
totalitarismo ateo. Protagonista y testigo de cambios históricos
abrumadores, logró contra lo que muchos pensadores habían
pronosticado durante el siglo XX que la Iglesia Católica
alcanzara, en el filo de la transición al nuevo siglo, un
inmenso protagonismo espiritual. Su valiente concepto sobre
el valor de la autocrítica y sobre la necesidad de que las
instituciones pidan perdón a Dios y al mundo por sus
errores pasados abrió un horizonte nuevo para la humanidad
e impulsó con renovada fuerza los procesos de reconciliación
y de diálogo entre los hombres de diferentes credos y de
disímiles culturas. Entre el atlético cardenal de 58 años
que asumió el Papado en 1978 y el hombre de salud
quebrantada que a los 83 años, festejó en una silla de
ruedas, su 25º aniversario Papal, parecería existir un
abismo insalvable. Pero no es así: el núcleo en el que
reside la fortaleza de Juan Pablo II se mantiene intacto,
continúa vivo en su espíritu indoblegable, en su
indestructible voluntad de seguir sirviendo a Dios y a los
hombres mientras quede en su cuerpo debilitado un hálito de
vida. Con el cambio del milenio, propuso la celebración de
un Jubileo, para que los hombres equilibraran sus intereses
materiales y se despojaran de las pesadumbres que estos
asuntos le provocaban en su espíritu. El iluminado
documento de casi 200 páginas que firmó el jueves
último, denominado "Pastores Gregis", constituye
un eslabón más del excepcional legado doctrinario que
produjo durante su pontificado.
En esa notable exhortación apostólica, surgida como
fruto del sínodo que deliberó en septiembre y octubre de
2001 sobre la misión del obispo como servidor del
Evangelio, el Papa convoca a la esperanza y define la labor
apostólica del siglo XXI.
"Sean
pastores, no burócratas", dice con admirable
crudeza Juan Pablo II al definir el perfil de los obispos
del tercer milenio.
El documento destaca el fracaso de las esperanzas
humanas basadas en ideologías materialistas y
economicistas, que miden la realidad en términos de pura
eficiencia técnica y olvidan los valores esenciales del
hombre, las ideologías de aquellos que saben el precio de
todo y no conocen el valor de nada. <>
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La
vida y las enseñanzas de Juan Pablo II son ya,
anticipadamente, parte de la historia.
A
ellas deberán volver los hombres y los pueblos una
y otra vez, independientemente de su credo
religioso, para renovar sus energías interiores y
avanzar hacia la construcción de
un mundo fundado en los valores dignificantes del
espíritu y para el logro de la Paz.
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