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NÚMERO 5
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Editorial: Viento sur o soja
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La única opción, es la paz...
Mantengo una relación espiritual con la selva
Discos compactos realizados con botellas de plástico usadas
Cuando la soledad puede convertirse en enfermedad
El seguimiento auditivo en los recién nacidos
Bicicletas reemplazan a los automóviles por un día
Falleció a los 86 años un símbolo de la tradición
El ALCA no nos va a favorecer
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Juventud y consumo
Salta atesora 13 mil vicuñas
Exportan cabras congeladas desde Pampa del Infierno
Sean pastores..., no burócratas
Las multinacionales del agua ajena
Preservación de la contaminación del inmenso acuífero guaraní

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"Sean pastores..

                        no burócratas"

Los 25 años de Karol Wojtyla, como  Juan Pablo II

La elección de Karol Wojtyla para ocupar el sitial de San Pedro, constituyo un desafío extraordinario, no sólo porque se elegía por primera vez, después de más de cuatro siglos a un Papa “extranjero del Vaticano”, un Papa no italiano, sino también porque su trayectoria lo mostraba como un hombre completamente ajeno a la exigente estructura política, diplomática y administrativa del Vaticano. A estas alturas hay sobradas razones para afirmar que el purpurado polaco hizo honor a ese desafío, los aciertos de su pontificado están fuera de toda discusión. Vista desde la perspectiva que brinda el cuarto de siglo transcurrido, la Figura de Juan Pablo II cobra una dimensión histórica que no puede ser desconocida. La robusta personalidad de este infatigable propagador de la fe, que llevó personalmente el mensaje de Cristo a todos los continentes y lideró en toda hora la causa de la paz y del reconocimiento de la dignidad humana, se recorta con luz propia en el escenario, cambiante y muchas veces turbulento de los últimos 25 años. Cuando ascendió a la silla pontificia, en 1978, era para algunos un desconocido, para otros un obispo que cumplía una intensa tarea pastoral en su Polonia natal, cargaba con el peso de las angustias de una Europa oriental sometida a los designios de un totalitarismo ateo. Protagonista y testigo de cambios históricos abrumadores, logró contra lo que muchos pensadores habían pronosticado durante el siglo XX que la Iglesia Católica alcanzara, en el filo de la transición al nuevo siglo, un inmenso protagonismo espiritual. Su valiente concepto sobre el valor de la autocrítica y sobre la necesidad de que las instituciones pidan perdón a Dios y al mundo por sus errores pasados abrió un horizonte nuevo para la humanidad e impulsó con renovada fuerza los procesos de reconciliación y de diálogo entre los hombres de diferentes credos y de disímiles culturas. Entre el atlético cardenal de 58 años que asumió el Papado en 1978 y el hombre de salud quebrantada que a los 83 años, festejó en una silla de ruedas, su 25º aniversario Papal, parecería existir un abismo insalvable. Pero no es así: el núcleo en el que reside la fortaleza de Juan Pablo II se mantiene intacto, continúa vivo en su espíritu indoblegable, en su indestructible voluntad de seguir sirviendo a Dios y a los hombres mientras quede en su cuerpo debilitado un hálito de vida. Con el cambio del milenio, propuso la celebración de un Jubileo, para que los hombres equilibraran sus intereses materiales y se despojaran de las pesadumbres que estos asuntos le provocaban en su espíritu. El iluminado  documento de casi 200 páginas que firmó el jueves último, denominado "Pastores Gregis", constituye un eslabón más del excepcional legado doctrinario que produjo durante su pontificado.  En esa notable exhortación apostólica, surgida como fruto del sínodo que deliberó en septiembre y octubre de 2001 sobre la misión del obispo como servidor del Evangelio, el Papa convoca a la esperanza y define la labor apostólica del siglo XXI.  "Sean pastores, no burócratas", dice con admirable crudeza Juan Pablo II al definir el perfil de los obispos del tercer milenio.  El documento destaca el fracaso de las esperanzas humanas basadas en ideologías materialistas y economicistas, que miden la realidad en términos de pura eficiencia técnica y olvidan los valores esenciales del hombre, las ideologías de aquellos que saben el precio de todo y no conocen el valor de nada.

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La vida y las enseñanzas de Juan Pablo II son ya, anticipadamente, parte de la historia.

A ellas deberán volver los hombres y los pueblos una y otra vez, independientemente de su credo religioso, para renovar sus energías interiores y avanzar hacia la construcción de un mundo fundado en los valores dignificantes del espíritu y para el logro de la Paz.

 

 

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