Falleció
a los 86 años un símbolo de la tradición
El
18 de septiembre murió Juan José Güiraldes …
Gaucho,
aviador,
pensador,
periodista,
escritor…
Solía
decir que "la
tradición no es un recuerdo melancólico del pasado, es un
proceso permanente que no termina nunca", para
agregar, que "los
hombres hacen
hoy la tradición de mañana". Así, entre
reflexiones de nuestros orígenes, sentencias camperas y
aires de
milongas se fue Juan José Güiraldes, el gaucho, el
aviador, el pensador, el periodista, el escritor. Insistía
en que ser gaucho no es saber pialar, andar de botas y
rastra, sino más bien un sentir, y, entonces, recordaba las
palabras de su tío Ricardo:
"Al gaucho que llevo en mí, como la custodia lleva a la
hostia". Por
eso hablaba de la actitud del gaucho en la vida, ese que por
hospitalario dejó la palabra “gauchada”
como la más elevada forma de un acto
solidario. Resumía que ser gaucho era antes que nada
una actitud ante la vida. Volvía con las palabras del tío
para definir: "Nuestra raza nació de una raza muy vieja y de una tierra muy nueva, y
al salpicarse de rojo el damasquinado verde de la tierra,
nació una amalgama de tierra y hombre que fue nuestro parto
original". Por eso no dudaba y sentenciaba con
razón: "El
gaucho es el arquetipo del ser nacional".
Pero si la tradición no es un recuerdo melancólico
del pasado, todos quienes lo quisieron seguirán viviendo
sus fundamentos en un proceso permanente que no terminará
nunca, "El Cadete" se fue después de 86 años.
Murió quien fuera entre tantas cosas, uno de los primeros
aviadores militares, presidente de Aerolíneas Argentinas,
director del Aeropuerto Internacional de Ezeiza y director
de la revista Confirmado, pero, mayormente y con toda su
pasión, presidente fundador de la Confederación Gaucha
Argentina. Por eso su estampa, la de aquellos impecables
galones o del traje con la corbata azul con la marca de su
estancia, será la de la tradición: sombrero con retranca,
blusa bataraza, corralera negra, rastra, facón y poncho
pampa. La marca de su tío, el escritor Ricardo Güiraldes,
lo acompañaría de por vida, como el mismo Don Segundo
Sombra, Fabio Cáceres, La Porteña, el
Puente Viejo y todo ese gauchaje de la "Cuna de
la tradición" que lo acompaño en su despedida. Tras
haber estudiado en el Colegio Militar de la Nación, siguió
sus cursos de aviador militar y el 15 de diciembre de 1937
recibió las insignias y diplomas correspondientes junto a
un reducido grupo de cadetes. Estudió Derecho Aeronáutico,
Ciencias Sociales e hizo la escuela de Estado Mayor de
la Royal Air Force, en Gran Bretaña.
En 1949 dirigió el Aeropuerto Internacional de Ezeiza y
nueve años más tarde se desempeñó como presidente de
Aerolíneas Argentinas, época en la que la empresa compró
los modernos Comet IV. Su dirección y la defensa de
la línea de bandera siempre fueron consideradas
como brillantes. Sus críticas a las posteriores gestiones
de Aerolíneas o a algunos manejos
políticos le valieron días de prisión durante
distintos gobiernos. También denunció la censura en la
televisión, como cuando se refirió al secuestro y
asesinato de su cuñada, la diplomática Elena Holmberg.
Tuvo algunas intervenciones políticas en la UCRI en 1963, intentó
el acercamiento entre
frondizistas y peronistas. Otros campos, como el empresarial
lo tuvieron en diversos puestos y jamás dejó de volcar sus
acertadas inquietudes sobre la privatización de Aerolíneas
Argentinas, el destino de los aeropuertos y,
especialmente el futuro del Aeroparque: manifestaba la
necesidad de una "pista fluvial", que
jamás llamó aeroísla. Escribió libros premiados.
Incursionó en el campo de la publicidad y su frase más
recordada fue aquella que creó para la compañía
que lo apasionaba: "Aerolíneas
Argentinas, ¡su compañía!". Tras la guerra de
las Malvinas publicó en los diarios una extensa y famosa
solicitada llamada "Seamos triunfalistas":
"... escribía en un pasaje. Hay
que tatuar la marca del desprecio en la frente de quienes
confunden un revés militar,-por doloroso que sea, con una
derrota...". La Exposición Rural de Palermo lo
tuvo varias veces como jurado o montado a caballo al frente
de sus gauchos con sus típicas aclaraciones: "Los
gauchos no desfilan, los gauchos pasan". Intervino
en la edición de varios libros como "Los gauchos,
lujos y costumbres" o interpretó a Martín Fierro,
recitando toda la obra, en cinco discos compactos. También,
vestido con traje de gaucho viajó a las Malvinas cuando se
reanudaron los vuelos con el continente. Hay una anécdota
para el recuerdo. Todo el grupo fue celosamente requisado
por los ingleses hasta que le llegó el turno a "El
Cadete". Con un impecable inglés, impidió que
le tomaran su maletín para abrirlo él mismo y mostrar su
foto con el Príncipe de Gales. Al Gaucho que había
estudiado en la Royal Air Force, no sabían como pedirle
disculpas. Galante, educado y leído, era capaz de citar
cientos de versos gauchescos como de recitar Cyrano de
Bergerac en francés. Las centenares de conferencias, como
las recordadas "San
Martín y los gauchos" o "Los
gauchos, amalgama de tierra y hombre", lo colmaron
de aplausos. En una ocasión finalizo una disertación con
una de sus citas: "Los gauchos están vivos. Si el gaucho no es un mito ni una
leyenda cualquiera, ayudemos a desterrar la idea de su
fantasiosa muerte". Los restos de Güiraldes fueron
velados en el
Museo del Parque Criollo Ricardo Güiraldes, en San Antonio
de Areco, y tras una misa que se oficio la parroquia de
Areco, fueron inhumados
en el cementerio de esa ciudad.<>
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