Eduardo
Galeano en el
Foro Social
Mundial
Los
valores sin
precio
El
escritor
uruguayo
pronunció estas
palabras el
domingo 26 de
enero de 2003,
en el Estadio
Gigantinho ante
más de 40 mil
personas que
enfervorizados
aplaudían cada
frase.
En
estos días están
ocurriendo, en
muchos países a
la vez,
numerosas
manifestaciones
populares contra
la vocación
guerrera de los
amos del
planeta. En las
calles de muchas
ciudades, esas
manifestaciones
dan testimonio
de otro mundo
posible. El
mundo tal cual
es transpira
violencia por
todos los poros
y está sometido
a una cultura
militar que enseña
a matar y a
mentir. David
Grossman, que
fue teniente
coronel del ejército
de los Estados
Unidos
y está
especializado en
pedagogía
militar, ha
demostrado que
el hombre no está
naturalmente
inclinado a la
violencia.
Contra lo que se
supone, no es
nada fácil enseñar
a matar al prójimo.
La educación
para la
violencia, que
brutaliza al
soldado, exige
un intenso y
prolongado
adiestramiento.
Según Grossman,
ese
adiestramiento
comienza, en los
cuarteles, a los
dieciocho años
de edad. Fuera
de los
cuarteles,
comienza a los
dieciocho meses
de edad. Desde
muy temprano, la
televisión
dicta esos
cursos a
domicilio. Su
compatriota, el
escritor John
Reed, había
comprobado, en
1917, que 'las
guerras
crucifican la
verdad'. Muchos
años después,
otro
compatriota, el
presidente Bush
Padre, que había
desatado la
primera guerra
contra Irak con
el noble propósito
de liberar a
Kuwait, publicó
sus memorias. En
ellas confiesa
que los Estados
Unidos habían
bombardeado Irak
porque no se podía
permitir 'que un
poder regional
hostil tuviera
de rehén buena
parte del
suministro
mundial de petróleo'.
Quizá, quien
sabe, alguna vez
el presidente
Bush Hijo
publicará una
fe de erratas
sobre su propia
guerra contra
Irak. Donde
dice: 'Cruzada
del Bien contra
el Mal', debe
leerse: 'Petróleo,
petróleo
y petróleo'.
Más de
una fe de
erratas será
necesaria. Por
ejemplo, habrá
que aclarar que
donde dice:
“Comunidad
internacional”,
debe leerse:
“Jefes
guerreros y
grandes
banqueros”
¿Cuántos
son los arcángeles
de la paz que nos
defienden de los
demonios de la
guerra?
Cinco.
Los cinco países que
tienen derecho de veto
en el Consejo de
Seguridad de las
Naciones Unidas. Y esos
custodios de la paz son,
además, los principales
fabricantes de armas. En
buenas manos estamos.
¿Y cuántos son
los dueños de la
democracia? Los pueblos
votan, pero los
banqueros vetan. Una
monarquía de triple
corona reina sobre el
mundo. Cinco países
toman las decisiones en
el Fondo
Monetario Internacional.
En el Banco Mundial,
mandan siete. En la
Organización Mundial de
Comercio, todos los países
tienen derecho de voto,
pero jamás se vota.
Estas organizaciones,
que gobiernan el mundo,
merecen nuestra
gratitud: ellas ahogan a
nuestros países, pero
después nos venden
salvavidas de plomo.
En 1995, la
American Psychiatric
Association publicó un
informe sobre la patología
criminal. ¿Cuál es,
según los expertos, el
rasgo más típico de
los delincuentes
habituales? La inclinación
a la mentira. Y uno se
pregunta: ¿No es éste
el más perfecto
identikit del poder
universal? ¿Qué debe
leerse, por ejemplo,
donde dice: 'libertad de
trabajo'? Debe leerse:
derecho de los
empresarios a arrojar al
tacho de la basura dos
siglos de conquistas
obreras. Se trabaja el
doble a cambio de la
mitad: horarios de goma,
salarios enanos,
despidos libres, y que
Dios se ocupe de los
accidentes, las
enfermedades y la vejez.
Las principales empresas
multinacionales,
Wal-Mart y McDonald's,
prohíben expresamente
los sindicatos. Quien se
afilia un sindicato
pierde su empleo en el
acto. En el mundo de
hoy, que castiga la
honestidad y recompensa
la falta de escrúpulos,
el trabajo es objeto de
desprecio. El poder se
disfraza de destino,
dice ser eterno, y mucha
gente se baja de la
esperanza como si fuera
un caballo cansado. Por
eso la elección de Lula
a la presidencia del
Brasil va mucho más allá
de las fronteras de este
país: la victoria de un
obrero sindicalista, que
encarna la dignidad del
trabajo, ayuda a
difundir las vitaminas
que todos necesitamos
contra la peste de la
desesperanza. Para que
no se diga que en Porto
Alegre nos reunimos los
contreras y resentidos
de siempre, aclaremos
que en algo estamos de
acuerdo con los más
altos dirigentes del
mundo: también nosotros
somos enemigos del
terrorismo.
Estamos contra el
terrorismo en todas sus
formas. Podríamos
proponer a Davos una
plataforma común. Y
acciones comunes para
capturar a los
terroristas,
que empezarían
por la pegatina, en
todas las paredes del
planeta, de carteles que
digan Wanted: Se busca a
los mercaderes de armas,
que necesitan la guerra
como los fabricantes de
abrigos necesitan el frío.
Se busca a la banda
internacional que
secuestra países y jamás
devuelve a sus cautivos,
aunque cobra rescates
multimillonarios que el
lenguaje del hampa llama
servicios de deuda. Se
busca a los delincuentes
que
en escala
planetaria roban comida,
estrangulan salarios y
asesinan empleos. Se
busca a los violadores
de la tierra, a los
envenenadores del agua y
a los ladrones de
bosques. Y también se
busca a los fanáticos
de la
religión del
consumo, que han
desatado la guerra química
contra el aire y el
clima de este mundo. El
poder identifica valor y
precio. Dime cuánto
pagan por ti, y te diré
cuánto vales. Pero hay
valores que están más
allá de cualquier
cotización. No hay
quien los compre, porque
no están en venta. Están
fuera del mercado,
y por eso han
sobrevivido.
Porfiadamente vivos,
esos valores son la
energía que mueve los músculos
secretos de la
sociedad civil.
Provienen de la memoria
más antigua y del más
antiguo sentido común.
Este mundo de ahora,
esta civilización del sálvese
quien pueda y cada cual
a lo suyo, está enferma
de amnesia y ha perdido
el sentido comunitario,
que es el papá del
sentido común. En épocas
remotas, en lo más
temprano de los tiempos,
cuando éramos los
bichos más vulnerables
de la zoología
terrestre, cuando no pasábamos
de la categoría de
almuerzo fácil en la
mesa de nuestros vecinos
voraces, fuimos capaces
de sobrevivir, contra
toda evidencia, porque
supimos defendernos
juntos y porque supimos
compartir la comida. Hoy
en día, es más que
nunca necesario recordar
esas viejas lecciones
del sentido común.
Defendernos juntos,
pongamos por caso, para
que no nos roben el
agua. El agua, cada vez
más escasa, ha sido
privatizada en muchos países,
y está en manos de las
grandes corporaciones
multinacionales. De aquí
a poco, si seguimos así,
también privatizarán
el aire: por no pagarlo,
no sabemos valorarlo y
no merecemos respirarlo.
Para que el agua siga
siendo un derecho, y no
un negocio, una pueblada
desprivatizó el agua,
en la región boliviana
de Cochabamba. Las
comunidades campesinas
marcharon desde los
valles y bloquearon la
ciudad. Les contestaron
a balazos. Pero a la
larga, después de mucho
pelear, recuperaron el
agua, el riego de sus
sembradíos, que el
gobierno había
entregado a una
corporación británica.
Esto ocurrió hace un
par de años.
Defendernos juntos:
hablando del agua, otro
ejemplo más reciente.
El petróleo mueve la
sociedad de consumo,
como se sabe, y, como
también se sabe, tiene
malas costumbres. Entre
otras manías, se le da
por derribar gobiernos,
provocar guerras,
intoxicar el aire y
pudrir el agua. Hace
poco, la marea negra,
pegajosa y mortal, cubrió
la mar y las costas de
Galicia y más allá.
Un
barco petrolero se partió
por la mitad y derramó
miles y miles de litros
de fuel-oil, con la
irresponsabilidad y la
impunidad que se han
vuelto costumbre en
estos tiempos en que el
mercado manda y el
Estado no controla nada.
Y entonces, ante un
Estado ciego y un
gobierno sordo, que no
hizo más que encogerse
de hombros, los músculos
secretos de la sociedad
civil desataron su energía:
una multitud de
voluntarios enfrentó la
invasión enemiga a mano
limpia, armada de palos
y tachos y lo que se
pudiera encontrar. Los
voluntarios no
derramaron lágrimas de
cocodrilo ni
pronunciaron discursos
de teatro. Defendernos
juntos y compartir la
comida: una tonelada de
comida y de ropa llegó
recientemente, en tren,
al rincón más pobre de
la provincia argentina
de Tucumán, donde hay
niños que mueren de
hambre. Y ese envío
solidario provenía de
los cartoneros, los
pobres más pobres de
Buenos Aires, que se
ganan la vida
revolviendo la basura
pero son capaces de
compartir lo poco,
lo casi nada, que
tienen. ¿Cuál es la
palabra que más se
escucha en el mundo, en
casi todas las lenguas?
La palabra yo. Yo, yo,
yo. Sin embargo, un
estudioso de las lenguas
indígenas, Carlos
Lenkersdorf, ha revelado
que la palabra más
usada por las
comunidades mayas, la
que está en el centro
de sus decires y
vivires, es la palabra
nosotros. En Chiapas,
nosotros se dice tik.
Para eso ha nacido y
crecido este Foro Social
Mundial, en la
Ciudad de Porto
Alegre, modelo universal
de la democracia
participativa: para
decir nosotros. Tik,
tik, tik.
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